viernes, 24 de marzo de 2017

Cebu City, la segunda ciudad de Filipinas

Nos levantamos aún en El Nido con la duda de si era posible que a 10 km hubiera un aeropuerto en algún punto entre la selva, el Mar y la montaña. El vuelo que nos esperaba a Cebu salía del propio Nido a través de una compañía que, además de cara, era bastante desconocida. De ahí nuestra preocupación por su existencia.
Pillamos un trycicle y tiramos para arriba y... sí. Haberlo lo había, una pista de 1.000 metros y un par de casetitas hacían las veces de aeropuerto y, no sin un exhaustivo control de seguridad, pudimos pasar a la "zona de embarque" (vamos una cabaña más, eso sí, con desayuno).

La agradable sensación de haber corroborado la existencia del aeropuerto y haber superado los controles de entrada fue arrasada por el terrible escalofrío que sentí al momento de ver nuestro avión. Volví a recordar a "Indiana Jones" saltando desde aquella avioneta antes de estrellarse contra una montaña. Y es que eso es lo que era,  un avioncito de hélices de lo más gracioso. Pero no fue tan gracioso ese meneo cual avión de papel ante la más leve turbulencia (también hay que decir que, por suerte, no hubo muchas).

Al final el avión, con nosotros dentro, llegó a Cebu City. Y la ciudad nos recibió con un hostión de calor que pal recuerdo se queda. Podrían ser 40 grados, aunque si me dices 50 o 70 me lo creo. Qué calor... Menos mal que pillamos un taxi del tirón y se estaba más fresquito (poco más).
El segundo bofetón fue igual o peor, casi una hora de taxi para un trayecto de 10 minutos en moto,  menos mal que el taxista era simpático. Pero vamos, no veas que traficazo, ¡Dios mío! No queremos imaginar lo que puede ser Manila que es más grande aún.
El destino era el bulevar "Osmeña", el corazón de la ciudad como decía el amigo taxista que, además de eso nos contó que el idioma filipino está dividido en dos dialectos: el tagalo, más popular y hablado en la mayor parte del país (Palawan, Luzón...); y el cebuano, que se habla en la región de las Visayas (donde estamos) y que es una curiosa mezcla de tagalo, español e inglés al 33,3%. Es supergracioso, lo pudimos comprobar varias veces por la ciudad.

La esencia de Cebú ciudad, además de muchos matices que solo percibes en primera persona estando aquí, se puede decir que destila de dos fuentes principales: la profunda religiosidad de sus habitantes (católicos) y la herencia colonial española. Y paseando por sus bulliciosas calles, además de calor, percibes que en su gente están cotidianamente presentes.
Paseando hacia el centro ya nos dimos cuenta de la multitud de iglesias y de la gran afluencia a ellas. Por el camino, además, pudimos observar diferentes monumentos que prueban la huella dejada por los colonos que, entre otras cosas, introdujeron el catolicismo.  Pues eso, que en el camino pasamos por la "Iglesia del Santo Rosario" en hora de misa y estaba a reventar; poco más adelante nos topamos con el impresionante (sin exagerar) Monumento al Patrimonio Histórico,  una p... obra de arte. La Catedral fue nuestra siguiente parada y hubiera sido la mejor que vimos si no hubiéramos pasado por la "Basílica del Santo Niño" que además de ser la más impresionante, es la que más fieles reúne (sobre todo para adorar la imagen del "Santo Niño"). Había mucha gente.
Justo a la salida la Cruz de Magallanes, dedicada al famoso marino portugués, y como centro de una plaza.

Caminando llegamos a parar al "Fuerte de San Pedro", precedido por un parque con varias estatuas de  personajes ilustres de la historia colonial filipina, entre los que está el famoso Comandante Legazpi. Del fuerte debo decir que era de lo más colonial, tanto que me recordó mucho a la Alameda o las Murallas de San Carlos gaditanas. Ahí es nada.
A la vuelta pudimos ver que Cebu City por la noche no es una ciudad excesivamente peligrosa, aunque sí bulliciosa. Lo mejor fue que descubrimos que la zona de nuestra pensión es el barrio universitario, con mucho ambiente, bien iluminado y con montones de sitios para comer o tomarte algo con la gente. Allí cenamos, en una pizzería de lo más creativa (pizza de chocolate, de ensalada o hamburguesa, por ejemplo), y nos volvimos a la "Pensión Jacinta" para poner al día el blog y las subidas de fotos a la nube.
Al final Cebú Capital, sin ser un destino imprescindible, no decepcionó. Eso pasa por no tener altas expectativas de un sitio. Y el buen regusto de ese día que pasamos allí ya se viene con nosotros para España.
No me enrollo más, una fotos,  esperamos que os gusten.

Miguel

miércoles, 22 de marzo de 2017

La joya de Palawan, El Nido

Vuelta a coger una van, vuelta a los baches, al asfalto entre la selva, a los acantilados, a los paisajes kársticos, a recorrer en cuatro horas lo que normalmente harías en una y media. Pero todo camino tiene una meta y la nuestra tenía muy buena pinta. El Nido. El destino preferido entre casi todos los turistas que vienen a Filipinas o, al menos, a Palawan.
Situado al norte de la isla, este pueblo, más grande y algo más preparado que Port Barton, está rodeado de hermosas islas, cascadas y playas, ofreciendo multitud de opciones de ocio a cualquier hora del día.

Nosotros decidimos pasar aquí tres días para recorrer la zona, hacer alguno de sus famosos tours o "Island Hopping", descansar y disfrutar de su ambiente. Pero, pese a que nos ha encantado, al igual que nos pasó con las islas Phi Phi, este lugar es demasiado turístico. Lo que se traduce en precios más elevados, masificación y mucho postureo. Aún así, si vienes a Filipinas creo que es un destino obligado.

Tras unas horas de camino llegábamos a las afueras del pueblo tras el cual, una bahía dominada por una enorme montaña, nos daba la bienvenida. Tomamos las mochilas y echamos a andar raudos a sabiendas de que el hospedaje económico es escaso o está ya ocupado, pero después de varias vueltas encontramos habitación en una pensión a buen precio pero con regular wifi (vamos, igual que en todos lados por lo que comprobamos después).
Ya era mediodía y queríamos aprovechar para hacer algo así que tomamos un trycicle y nos fuimos a la cercana playa de "Las Cabañas", la mejor de la zona. Agua cálida y azul turquesa, arena blanca y fina y varios chiringuitos con música chillout nos esperaban.
Había más gente de la que nos hubiera gustado pero caminando un poco nos quedamos solos. Chapuzón aquí y allá, escuchamos un sonido extraño y, al buscar de dónde procedía, divisamos una enorme tirolina que cruzaba desde la isla en la que estábamos a un islote cercano a unos cientos de metros (la Zipline). No hacía falta decir nada para saber que Miguel quería subirse. Yo con mi vértigo no lo tenía nada claro pero,  ¿cuándo me iba a ver en otra igual? Así que, tras escalar a lo alto de la montaña, allí estábamos equipados y a punto de saltar, ¡qué miedo!. Y, de repente, nos vimos volando con unas vistas impresionantes. ¡Qué divertido!
Después del subidón de adrenalina otro par de baños, un poco más de sol y, esta vez, vuelta caminando para disfrutar de las vistas y hacer una breve parada en la playa Corong-Corong,  bonita pero nada del otro mundo. Emprendimos la vuelta, cenamos y a la cama. Al día siguiente teníamos un día completo con una excursión.

De los que había nos decidimos por el Tour A (hay 4 diferentes), ya que era el más distinto a lo que ya habíamos hecho en Port Barton. Llegamos a pensar en hacer también el C, pero demasiada excursión y mucho de lo mismo. El itinerario serían 3 "lagunas" , una de ellas con Kayak,  2 playas paradisíacas y todo el snorkeling que quisiéramos.
Comenzamos en la "Secret Lagoon", un pequeño lago de agua de mar al que se accede a través de una pequeña cueva. A continuación paramos en "Chimizu Island" donde nos hartamos de hacer snorkel, tomamos el sol y nos prepararon una suculenta comida a la parrilla.
Con las panzas llenas tocaba la hermosa "Big Lagoon", otra laguna formada en el mar debido a las montañas que la rodean. Tenía el agua más turquesa que hayamos visto jamás.
Seguimos con la "Small Lagoon" donde cogimos unos kayaks y la recorrimos y nadamos entera.
Para terminar el tour qué mejor que la playa "7 Commandos" para relajarnos y estar tirados un rato.
La verdad es que los tours son increibles. Si les sacamos una pega sería que son muy turísticos y en algunos puntos te encuentras con demasiada gente. Aún así los lugares a los que te llevan son una pasada. Hay otras opciones como buscar a algunos compañeros más y alquilar la barca para vosotros solos, eligiendo así el orden y el tiempo en cada sitio; o la otra, alquilar unos kayaks y llegar por tu cuenta a alguno de estos sitios, aunque debe ser una paliza que, por una vez, no quisimos darnos.
A eso de las 16:30 volvíamos a El Nido, una ducha y un rato de descanso después, ¿qué mejor que una buena cerveza Red Horse viendo el atardecer y un picoteo en el Pukka bar? Esa noche caímos rendidos.

A la mañana siguiente decidimos alquilar una moto y explorar un poco la zona por nuestra cuenta. Sabíamos que había dos cascadas y teníamos ganas de verlas. Al llegar allí, tras un par de rodeos, nos decantamos por ver solo las "Nagkalit falls", dado que las otras suponían una caminata de más de una hora.
Nos la intentaron colar pero no, no queríamos guía, nos manejamos solos bien y no, no íbamos a pagar 100 pesos cuando la entrada sabíamos que valía 10. Con esa premisa nos impusimos y a los pocos minutos nos adentrábamos en la vegetación siguiendo el río hasta llegar a una pequeña cascada que, en temporada de lluvías, seguro que es más vistosa pero que, para nosotros, con el calor que hacía era perfecta para refrescarnos. Y encima, volvíamosna estar solos.
Después de un rato emprendimos camino de vuelta y continuamos hacia la playa "Nacpan" que, con una precioso enclave, es una de las favoritas de los turistas. Tuvimos suerte de llegar y pegarnos un baño porque a la media hora excasa comenzó a llover, un poco al principio, y a cubos a los pocos minutos, lo que hizo que nos resguardáramos en unas casetas donde acabamos tomando algo y charloteando con un inglés, una filipina y dos uruguayos esperando a que escampara.
En cuanto lo hizo decidimos irnos y alejarnos de la nube, el camino de vuelta podía ser peligroso y no sabíamos en qué momento volvería a llover.
Hicimos bien porque a la media hora de nuevo estábamos rodeados de sol, esta vez de nuevo en "Las Cabañas" para darnos un último chapuzón y ver una puesta de Sol alucinante.
El día no daba para más. Una ducha, una comida y a la cama. Al día siguiente había que coger una avioneta al próximo destino camino a las Visayas.

Vamos con las fotos. Besos



Nos quedamos en Port Barton

Y, ¿cómo no nos vamos a querer quedar? Si este pueblo es un paraíso.
Por eso no nos extrañó conocer a una mallorquina que ha montado un restaurante para quedarse a vivir aquí. Bueno, y al parecer hay varios españoles más que han hecho lo mismo.
Port Barton es un pequeño pueblo de apenas dos calles, justo a mitad de camino entre Puerto Princesa y El Nido. Pertenece a la provincia de San Vicente y hasta hace unos pocos años era un total desconocido para los turistas. Hoy en día somos muchos los que hacemos una parada en este lugar buscando tranquilidad,  playas de ensueño, atardeceres inigualables y el cielo con más estrellas que he visto en mi vida.
Este humilde pueblo ni siquiera dispone de luz, salvo unas horas al día (de 18:00 a 24:00) donde unos generadores abastecen a los hostales, restaurantes y casa locales.
La mejor manera de llegar hasta aquí es tomando una minivan que en algo así como 3 horas te deja en tu destino. En nuestro caso la contratamos directamente en la pensión de Puerto Princesa ya que estábamos lejos de la estación y el precio apenas subía por venir a recogernos.
Bien tempranito ya nos estaban buscando y, tras varios cabezazos para intentar dormir sumados a los últimos 20 minutos de la tortuosa carretera de entrada, llegamos a Port Barton. Y nada más bajarnos de la furgoneta supimos que habíamos hecho bien en venir a este encantador pueblo.
Nos alojamos en El Busero, una guesthouse y restaurante que, pese a no ser de los mejores sitios que hemos estado, tenía una ubicación insuperable a la orilla del mar y con unas increíbles vistas.
Rápido nos invadió esa sensación de haber llegado a un sitio que nos iba a encantar y nos pusimos los bañadores para lanzarnos a la playa.
Al primer sitio que fuimos fue a la "White Beach": una playa que, como su nombre indica, tiene arena blanca y aguas cristalinas, con un inmenso campo de palmeras a su espalda.  Pero nos dimos cuenta de que el camino continuaba y lo seguimos hasta llegar a la que, para nosotros, era la verdadera "White Beach". Una lugar que podría competir con cualquier playa paradisíaca del Caribe pero con muy poca gente. Una maravilla.
Después de pasar dos o tres horas chapoteando, comiendo algo y tomando el sol decidimos regresar al pueblo y tomar la dirección contraria para llegar a las cascadas Pamuayan antes de que anocheciera. El camino se nos hizo algo pesado, siempre acabamos dándonos una buena paliza caminando, pero el resultado, al llegar un poco más tarde, fue que nos encontramos sólos. Teniamos la cascada para nosotros nada más. Segunda maravilla del día.
Después de un rato, los mosquitos empezaron a molestar un poco con lo que tocó regresar al pueblo tras un día completo a cenar algo y descansar.
A la mañana siguiente y, tras dormir como 10 horas, nos levantamos con ganas de más. La noche anterior habíamos decidido contratar un "Island Hopping", una excursión por las islas vecinas.
Llegamos al puerto donde una bangka nos esperaba junto a otros tres compañeros: la pareja de Sams (ella y él) y Jay. Con nosotros dos, hacíamos cinco, más los dos barqueros Chris y Yhum, completábamos la tripulación del barco. Y nos dirigimos a recorrer los alrededores.
Nuestras paradas fueron: un par de arrecifes donde pudimos hacer snorkel junto a muchos peces y corales, un par de playas ancladas en dos pequeñas islas (Paradise Island, en la que nos dieron de comer, y Exotic Island), un punto de avistamiento de tortugas gigantes donde tuvimos la suerte de ver y nadar con una, la "Double Island" donde caminamos por la lengua de arena que comunica dos islas entre si y otra isla diminuta donde pudimos ver estrellas de mar (Aquí hago un inciso. ¡Por favor no cojáis ni toquéis las estrellas de mar! Es perjudicial para ellas). Como plato fuerte y, para terminar, una breve parada en una hermosa playa en German Island donde nos terminamos de relajar.
Al final, unas 7 horas de una excursión que tuvo un poco de todo.
Lo mejor, que según trascurrían las horas fuimos charlando con nuestros compañeros europeos y filipinos, y el día fue mejorando por momentos.
Cuando finalizó el tour decidimos continuar la tarde tomandonos unas cervezas juntos mientras el Sol caía. Elegimos el "Natives Bar", en la misma playa donde acabamos viendo una puesta de Sol espléndida.
Dos horas más tarde ya estábamos duchados y cenando todos juntos en el restaurante Gorgonzola, de dueña española afincada en Filipinas y donde comimos unas pizzas de masa super fina que estaban riquísimas. Cómo no, continuamos la fiesta tomando unos cubatillas en un pub con música en directo. 
¡Dos días inmejorables! Tal vez sería un sitio perfecto donde poder pasar una temporada. Ahí lo dejo... y ahí van esas fotos.