miércoles, 6 de enero de 2016

Resacón en Bangkok

Día 30 de diciembre y misión cumplida. Un autobús nos llevaba camino a la frontera de Camboya con Tailandia y de ahí, a Bangkok para pasar el fin de año.
Pero no iba a ser tan fácil. No sabemos aún si la fecha elegida tenía que ver o si siempre es así (lo dudo), pero tardamos algo más de 3 horazas en poder cruzar. La primera parte, salir de Camboya. El bus nos soltó cual manada de guiris frente a la "oficina de inmigración", es decir, una caseta con un tejadillo metálico a 35 grados a la sombra y con todos los bártulos encima. Nos tocó esperar como una hora hacinados en la poca sombra que había para poder sellar el pasaporte y cruzar al otro lado.
Bien, lo conseguimos. Pero al llegar al puesto fronterizo tailandés...cientos de guiris agolpados en un sala con 5 policías trabajando y haciéndose selfies con la cantidad de gente que había de fondo! Nuestro gozo en un pozo, así que tocó esperar 2 horas más a que nos tocara, y encima a Miguel le hicieron un interrogatorio que yo creía que no le dejaban pasar. Pero bueno ahora si, prueba superada. 
Una furgoneta nos esperaba en ese lado y, previa parada en un área de descanso cercana donde pudimos comer algo a las 4:30 de la tarde, partimos hasta nuestro deseado destino.

Y allí estábamos, en la zona mochilera por excelencia, diría que de todo el Sudeste asiático: Khao San Road. Luces, puestos, albergues y guesthouse por doquier, comida callejera, locales con música en directo, happy hours para beber hasta acabar por los suelos y, sobre todo, muuuucha gente con ganas de pasar un buen rato y hacer amigos.
Nos alejamos un par de calles buscando alojamiento más económico y dimos con una casa de huéspedes/restaurante con habitaciones sencillas y tranquilas y a un precio razonable. Allí nos quedamos los siguientes 5 días. Y de ese tiempo la mitad atrapados en "el barrio". 

Más que Khao San, a nosotros nos enamoró su vecina Rambrutti. Una calle con mucho ambiente, perfecta para cenar, tomar unas cervezas u oír música en directo. Vamos, encontramos algo así como nuestro Lavapies tailandés.
Su hermana mayor es mucho más ruidosa y escandalosa y pasar una noche allí es toda una locura, como comprobamos en Nochevieja.
Y es que ya era 31 y tocaba celebrar por lo alto. No teníamos muchos planes, solo que desde hacía unos días por medio de un grupo de mochileros habíamos creado un grupito de latinos que íbamos a estar por allí esos días y organizamos una quedada, a la que entre mucha gente se unieron Marc y Judith, la pareja de catalanes que conocimos en el bus de Hoi An a Saigón. 
Algunos empezamos a tomar desde la tarde, como manda la tradición. Y otros se fueron uniendo en la noche.
Cenamos comida Thai en un restaurante familiar de la zona, intercambiamos anécdotas e información de lo que habíamos hecho ya o lo que nos quedaba, reímos bastante y brindamos como no!
Bangkok es la cuidad de transito, en la que te encuentras gente que acaba de empezar a viajar, los que se van en unos días o como nosotros los que la usan de paso varias veces.

A eso de las 11 nos dimos cuenta que no habíamos pensado donde ir a ver la cuenta atrás y como el "World Center" (algo así como la puerta del sol en estos casos) estaba lejos y al parecer llenos, fuimos hacia el río donde aparte de pantallas con la cuenta atrás habría fuegos artificiales. Pero mucha gente para movernos, así que corrimos y acabamos perdiéndonos unos de otros. Nosotros tomamos los "gajos de mandarina" con una pareja chilena al lado del río pero sin llegar del todo al lugar donde estaba todo el mundo y dimos la bienvenida al 2016 6 horas antes que España.
Pasados los fuegos artificiales, volvimos a Khao San y allí localizamos al resto del grupo en el Center, el pub donde sabíamos que iban a estar. Y, a partir de ahí, os podéis imaginar, beber, reír, bailar...miles de personas llenando la famosa calle, bailando y celebrando como en el resto del mundo.

Una gran noche con la que empezar un nuevo año,cargado de ilusiones y sueños por cumplir.

Solo teníamos una espinita que era no haber podido ver la ultima puesta de Sol del año (estoy enganchada), así que al día siguiente y tras pasar la etapa más crítica de la resaca, nos acercamos a ver el primer ocaso del 2016, que no sé por qué, pero me da a mí que va a ser un gran año.

Mucha felicidad para todos!!!Os queremos
Por cierto, perdonar la calidad de algunas fotos. A determinadas horas hacer una foto con el móvil no siempre sale bien...


lunes, 4 de enero de 2016

No te fíes de las apariencias, ven a Camboya

Fue al bajar del autobús y pisar las embarradas calles de Phnom Penh cuando sentí los ojos de Marina sobre mi espalda. Al girarme vi su cara al ver la mía y está claro que ambas decían: ¡dónde nos hemos metido!
Ya al andar unos metros fuimos viendo que ese Mordor del que alguno nos había hablado se iba viniendo a menos y que ni las personas eran orcos ni el peligro era tanto.

Cuesta asimilar tanto contraste entre las expectativas que te creas y el resultado final, la realidad. También cuesta creer que un pueblo, representado en este caso por su Capital, Phnom Penh, haya sufrido tanto en el pasado. La huella de los Jemeres Rojos y su masacre seguro que permanece imborrable en el corazón de cada uno de los que aquí viven. Y que nada de eso se note hoy, con tan poco tiempo de distancia...
Más nos cuesta asimilarlo cuando das una vuelta y ves su vida y su trasiego, incluso alegría.

Se dice que unos crían la fama y otros cardan la lana, pues este es el caso de Camboya. Aunque a Tailandia le llamen el país de la sonrisa podemos afirmar que, en proporción, el camboyano es más sonriente y servicial que su vecino más afamado, además con diferencia.

El segundo bofetón a nuestra idea preconcebida fue al llegar a la costa. Estábamos convencidos de que Sihanoukville iba a ser un pueblito pescador con alguna playa buena. Pues lo de las playas sí, y muy buenas, pero lo otro... Más ambiente no he visto yo en una playa ni en la Caleta de Cádiz. ¿Es que nadie conoce Camboya en España? Legiones de ingleses, australianos y rusos llenan de vida sus paseos marítimos hasta altas horas de la madrugada.

Igual pasó en Siem Reap, lo del ambiente. Y lo de Angkor ya ni os contamos. Ni se os pase por la cabeza rechazar una invitación, sea de quien sea, para visitar este sitio aislado del Tiempo y la locura moderna. Aquí sí hay que venir una vez en la vida, casi nos da rabia no haber venido antes. Cuántas noches, en el futuro, perderemos unos minutos de sueño paseando (imaginariamente) por sus calzadas y torreones antes de conseguir despejar la mente y conciliar el sueño.

Casi nos alegra haber dejado varios trozos de este pastel agridulce que, por falta de tiempo y conocimiento, ahí se quedan esperando al próximo viaje. Y así Krati, Koh Rong, Kampot, el lago Tonle Sap y tantos otros lugares, aun desconocidos, nos alientan a volver y nos hacen pensar (y desear) que habrá una segunda parte en un futuro, más pronto que tarde.

Nadie vino y nos dijo que Camboya merecía tanto la pena, quizá por eso nuestra sorpresa fue tan buena e impactante. Y ahora somos nosotros los que recogemos el guante y os decimos a todos que el que pueda que se  atreva. Que deseará haber venido antes. Que no se fíe de las apariencias y que se venga a Camboya, un país alucinante.

Siem Reap y Angkor (día2)

Lo prometido es deuda. Y, antes de hablaros del segundo día en bici por Angkor (por su menos conocido pero igual de interesante circuito largo), vamos a contaros cómo es el pueblo base desde donde los miles de viajeros parten hacia el monumento. Siem Reap de día no es distinto a cualquier pueblo camboyano,  puede que con un poco más de locales y algo más de ambientillo, pero la noche ya es otra historia. Tantos son los visitantes y tan variopintos (mochileros, ricos, hippies, familias, rusos, indios, chinos, chinos, chinos, chinos, chinos...) que la ciudad ha tenido que adaptarse para ellos y, en lo que se refiere a servicios, Siem Reap es con mucho el lugar más preparado de Camboya con cientos de hoteles y restaurantes, mercados, agencias, transportes, guías y negocios relacionados. La mayoría hacen dinero en aquellos momentos en los que la gente no está en Angkor y que es, cómo no, la noche. La ciudad parece otra y se llena de luces de colores y de guiris hambrientos y con ganas de comprar algún recuerdo. Todas las calles del centro se reparten la clientela, pero la más famosa de todas y centro neurálgico del cachondeo es Pub Street (el nombre ya lo dice todo).
No sabemos cómo eran los demás hoteles pero, para nosotros, el que acabamos eligiendo fue todo un acierto. Más allá del mostrador de recepción, tras el edificio principal, se situaba la zona mochilera que, paradójicamente era la más barata y la mejor. Sobre todo por tener una piscina con jacuzzi y un bar en la orilla de la misma con música non stop desde las 10 de la mañana hasta la noche. No está mal después de una exigente jornada de bicicleta bajo el Sol eso del jacuzzi y la cervecita.

Tras este apunte sobre Siem Reap, toca hablar de lo importante,  para lo que hemos venido hasta aquí: Angkor, esta vez el circuito largo.

Al despertarnos el segundo día nos sorprendimos alegremente de que nuestros músculos no habían sufrido demasiado el esfuerzo del día anterior y que las agujetas, si tenían que aparecer, no lo harían ese día. Ésto reforzó nuestras ganas de atrevernos, otro día más, a alquilar unas bicis (mountain bike), y pasar el día conociendo el circuito de los templos periféricos del recinto. Con menor fama por estar más lejos, pero igual o más impresionantes que los cercanos y masificados templos principales. 
El recorrido era más largo, pero también más tranquilo de tráfico y muy escalonado. Lo mejor fue que apenas nos cruzamos con gente durante las primeras horas de trayecto.

El primer lugar en el que paramos fue el lago Sra Srang donde pudimos degustar el desayuno de los campeones, vamos leche (de soja) con galletas. Enfrente se encuentra el Banteai Kdei, que es un templo rodeado por un bosque enorme y, aunque bastante hecho polvo, fue muy agradable para empezar porque estábamos literalmente sólos.

Más adelante paramos en dos templos más: Pre Rup y East Mebon, los cuales no tienen nada del otro mundo, sólo que son bastante altos y teníamos unas vistas alucinantes de todo el complejo. En la antigüedad,  el East Mebon se encontraba en medio de un lago, hoy no hay lago pero sí una gran extensión de arrozales entre árboles que nos recordaban a la sabana africana.

Tras los primeros templos llegábamos a las estrellas del circuito largo, que no son otros que el Ta Som, el Neak Pean y el Preah Khan.
Si el día anterior ya os hablamos de que el Ta Phrom es llamado el templo del Tomb Raider; el Ta Som es el del Tomb Raider II, menos famoso pero tremendamente impactante al haber sido literalmente devorado por la selva.
El Neak Pean es diametralmente opuesto al anterior pero igual de bello o más. Situado en el centro de un lago, con sólo una pasarela que lo une con la tierra firme, este templo sirvió de balneario en sus tiempos.
Se trata de una estructura formada por 5 piscinas termales llenas de estatuas cuyo perímetro se asemeja a una flor de loto, símbolo de la curación en esa cultura.
El otro grande del recorrido largo es el templo de Preah Khan, cuyo patio de entrada es para mí el que más me trasladó a los enormes e increíbles decorados de videojuegos como el Shadow of the Colossus o el propio Tomb Raider. Allí de verdad que sí sentí ser el mismísimo Principe de Persia saltando por sus tejados y entre sus derrumbados pilares.

Aún nos dio tiempo de re-visitar el Bayon, quizá porque todavía había ganas de estar un rato más entre tanta Historia y enormidad sin pensar demasiado en que en un rato ya nos tendríamos que marchar.

Para acabar la faena nos fuimos al Phnom Beakheng, que está en una colina en el centro de Angkor y donde vimos, no sin antes pelearnos con varias hordas de chinos al más puro estilo del God of War,  la puesta de Sol desde las alturas sobre la preciosa llanura de esta ciudad centenaria, hoy en ruinas.

Poco más, ya acabó la aventura de Angkor, y nosotros tenemos muchas cosas nuevas y todas buenas: más sabiduría, más experiencia, imágenes inolvidables grabadas en nuestra memoria y unas piernas de hierro para futuras aventuras por la selva. Para qué pedir más.

Van unas fotos para todos. Un beso, disfrutad.

viernes, 1 de enero de 2016

Angkor. Sobran las palabras

Vuelta a la carretera y el destino, uno de los más deseados de todo el viaje: las ruinas de Angkor, consideradas una de las Maravillas del Mundo y, no es para menos.
Concretamente el lugar donde pasaríamos las siguientes 3 noches, y el campamento base para explorar las ruinas, era Siem Reap: el turistico y más cercano pueblo a Angkor y al lugar al que, tras pasar la noche en otro bus nocturno (el mejor por ahora), llegaríamos el día 27 de diciembre. 
Nada más aterrizar, por un dólar extra, cogimos un tuk-tuk sin destino claro. Menos mal que el conductor era bien majete y nos recomendó el "Garden Village", todo un acierto. Hostal con mucho ambiente y una gran piscina con jacuzzi y barra. Pero bueno, de esto y del pueblo ya os hablaremos en el siguiente post.

Tras haber leído mucho en foros y guías, teníamos claras varias cosas: cogeríamos la entrada de 3 días, aunque probablemente iríamos solo 2 (las hay también de 1 y de 7); iríamos a ver un amanecer y un atardecer, y nos lo montaríamos por nuestra cuenta, es decir, ni tuk-tuk ni guia. Queríamos ir a nuestro aire, y la única manera era en bici (no dejan entrar a Angkor en moto a los extranjeros). Además habíamos conseguido descargar una pequeña guía que nos podía ayudar a entender mejor el lugar. 
El problema solo surgía al pensar en si seriamos capaces de soportar los 33-34 grados de media pedaleando, pero eso ya lo veríamos al día siguiente. Primero teníamos que encontrar las bicis de montaña y descansar el resto del día para coger fuerzas. Dicho y hecho.

Y, ¿qué es eso de las ruinas de Angkor?
Hace mil años el pueblo khemer de Camboya creó un imperio que llegó a ocupar una superficie de un millón de kilómetros cuadrados. Se convirtió en la superpotencia más grande que la región ha visto jamás. Su capital era la gran ciudad de Angkor, por entonces la ciudad más grande en la Tierra. Su eje central era Angkor Wat, un vasto complejo de templos con una superficie de más de cuatro veces el tamaño de la Ciudad del Vaticano. Pero hace 600 años, sin saberse exactamente por qué, los reyes khemer abandonaron su capital y muchas de las enormes estructuras que construyeron fueron devoradas por la selva. Quiénes eran y cómo vivían las personas que una vez ocuparon los alrededores de los templos sigue siendo hoy en día un enigma. Poco se sabe sobre los reyes que crearon semejante imperio o cómo se construyeron las maravillas de Angkor Wat. La ciudad de Angkor permaneció dormida durante siglos, oculta por la jungla, hasta que en 1860 fueron descubiertas por colonos franceses.

Teníamos dos días para explorar esta maravilla. El primero, y del que vamos a hablaros hoy, haríamos el circuito corto (en torno a 30km) donde se albergan los templos más importantes. Y, el segundo, el circuito largo (unos 40-42km), donde observar templos menos conocidos pero igual de hermosos. Descartamos por falta de tiempo y ganas aquellos templos que se encuentran alejados a más de 30km.

Eran las 4 de la mañana cuando sonaba el despertador y, aunque había mucho sueño, el amanecer estaba a la vuelta de la esquina y teníamos muchas ganas de ver ese espectáculo.
Raudos fuimos a por nuestras bicis y, ¡ale a darle!. Un total de 7,5 km, con una parada obligatoria en taquilla, nos separaban del inicio de nuestra visita. No sé ni cómo llegamos porque, aunque la carretera está bien asfaltada, apenas estaba iluminada. Menos mal que entre los móviles y las fugaces luces de algún coche o moto lo conseguimos.
Nada más llegar, y aún en penumbra, corrimos a coger sitio para no perdernos detalle. Y, es que no os podéis hacer a la idea de la cantidad de gente que tenía la misma idea que nosotros.
A eso de las 5:30 poco a poco la noche fue dejando pasar al día y pudimos empezar a vislumbrar los primeros haces de luz que salían sobre el majestuoso Angkor Wat, el principal y más importante de los templos del complejo; lentamente su reflejo se hacía más evidente al natural y sobre el estanque que tiene delante. Una maravilla que hizo que se nos olvidara el madrugón.

Tras ver el alba y desayunar algo, tocaba explorar este tesoro. Se trata del edificio religioso más grande del mundo. Un templo erigido a la deidades hindúes. Los tres picos representan la triada hinduista. La torre central, a la que se llega por una empinadísima escalera, es la razón por la que no hay edificios en Siem Reap. Ninguna construcción puede ser más alta que la cúspide de Angor Wat.

Tras alucinar durante casi dos horas, tocaba continuar, rescatamos las bicis y fuimos al siguiente destino, Angkor Thom: una ciudadela amurallada rodeada por un gran canal y por unas fascinantes puertas. Dentro hay más templos, siendo el más importante Bayon, el de las mil caras. Es el segundo en importancia y el más distinto arquitectónicamente. Son decenas de torres con caras talladas en la piedra, dicen que cada rostro observa hacia alguna de las provincias del antiguo Imperio jemer. Y muy próximos a él, decenas de pequeños templos y de terrazas (como la de los elefantes o el rey leproso), que recorrimos uno a uno.

Vuelta a los pedales, nos quedaba un plato fuerte, Ta Prohm, más conocido popularmente como el templo de Tom Raider (aunque en cualquiera de ellos pareces estar en el videojuego), y creo que nuestro favorito. Esto se debe a que es uno de los pocos monumentos que todavía no ha sido "rescatado de la selva", pues fue el elegido para mostrar el estado en el que se encontraban los templos de Angkor a finales del siglo XIX, cuando fueron descubiertos.

Tras acabar la visita ya eran las 4 de la tarde, 12 horas de paliza y sin haber comido más que algún plátano. Tocaba hacer el último esfuerzo para regresar al pueblo, llenar las panzas, refrescarnos en la piscina (qué calor hace aquí) y descansar porque al día siguiente tocaba más.

Primer día superado y aún con fuerzas para enfrentarnos a un segundo día en bicicleta.