lunes, 7 de diciembre de 2015

Laos. Primera parada: Luang Prabang

No os voy a engañar, cuando armamos el viaje y hablamos de cruzar Laos, no tenía ni idea de qué atractivos turísticos tenía o dónde teníamos que ir.
Como nos ha pasado con todos los lugares, a medida que se acerca el día de partir a ese sitio desconocido, nos empapamos con la Lonely Planet y distintos blogs de viajes y en un momento nos convertimos en expertos sobre dónde tenemos que ir y no, qué hacer y cuál es la mejor manera de hacerlo.
Un mini resumen de Laos para que lo situéis. Se encuentra entre Tailandia, Vietnam, Camboya y China. Tiene una extensión de unos 236000km2 y su capital es Vientián. Habitada por unos ... de personas, ofrece grandes extensiones de verdes montañas, arrozales, majestuosos ríos, milenarios templos, un pasado franco-soviético implícito en su arquitectura y en su comida y una variedad étnica inmensa.

Nuestra primera parada fue Luang Prabang, una turística ciudad con una mezcla de refinamiento y encanto anticuado, protegida por la Unesco y atravesada por el gran Mekong y por su afluente el Nam Kham.
Una mágica ciudad donde empaparse de la cultura Laosiana, ver Templos por doquier, volverte loco con su artesanía local y alucinar con sus cascadas, cuevas y montañas. Un paraíso de relax y tranquilidad.
Para llegar elegimos el bus nocturno y sus 15 horas de trayecto (no os echeis las manos a la cabeza, para nosotros es un caminito, en realidad son muchos menos kilómetros de lo que pensáis); y, salvo por el aire acondicionado modo frigorífico, al final es hasta cómodo. La otra opción que nos hubiera encantado era una especie de crucero por el Mekong durante dos días. Era muy jugosa pero, perder tanto tiempo no entraba en nuestros planes, además de ser el doble de cara.

Cruzamos la frontera entre Chiang Khong y Huay Xai por un enorme puente sin ninguna incidencia. En este caso nos tocó pagar por el visado, más un dólar de propina a los guardias por ser más de las 4 de la tarde. Llegamos a la ciudad a eso de las 6 de la mañana y con los bartulos a cuestas fuimos en busca de una habitación. Tardamos un poco más que otras veces. El precio se salía de nuestro presupuesto (algunos sitios nos pedían precios iguales a España) y nos costó encontrar uno barato, pero nos salió bien la jugada salvo por el wifi que ha hecho que tengamos 3 o 4 entradas pendientes de publicar por un tiempo.

Una vez descansados, y con un mapa en la mano, salimos a recorrer la ciudad que, al igual que Chiang Mai, está plagada de templos (es curioso como sorprendernos cada vez es más difícil). Una de las cosas que más nos gustaron fue ascender al monte Phu Si donde tienes unas de las mejores vistas del lugar. En la cima hay un pequeño templo con un encanto especial (el That Chomsi) y ya en la bajada pequeñas cuevas y muchas figuras de Buda y hasta su "huella" impresa en el suelo.
Paseamos por las calles, vestigio del colonialismo francés y nos sorprendió la cantidad de banderas nacionales que hay en las tiendas, junto a banderas comunistas (probablemente reflejo del pasado soviético que también tiene la ciudad). Visitamos (solo por fuera) el que fue Palacio Real y el Teatro, así como los Templo más importantes de la ciudad: el Wat Xieng Thong y el Wat Wisunarat. En la siguiente madrugada asistimos a un ritual que se da a diario en el centro donde cientos de monjes recogen las lismosnas y ofrendas que los fieles les dan (arroz, frutos secos, dinero...)

Pero lo que más nos gustó fue el Mekong y su bravura. Caminamos a su lado, maravillados con las vistas y cruzamos la desembocadura de su afluente por unos puentes de bambú que aunque parecen poco firmes, aguantan sus corrientes sin problema. Y como no, sus atardeceres. Lo que se está convirtiendo en costumbre para nosotros, despedir cada día y dar las gracias por tener la suerte de estar viviendo todo esto.
He de añadir que yo también me enamoré del mercado nocturno de Luang Prabang, una interminable calle dos carriles repletos de puestos de artesanía mayormente local: ropa, telas, decoración, lienzos, plata...el mercado más bonito y auténtico de los que hemos visto hasta ahora. Una verdadera lástima no poder comprar apenas nada porque todavía queda demasiado viaje por delante (y las mochilas cada vez pesan más, auque nuestros hombros ya están más que curtidos). 

El día antes de marcharnos conocimos una iniciativa local llamada Big Brother Mouse, donde los extranjeros, aparte de colaborar económicamente si quieren, pueden acercarse a un centro donde charlar en inglés con chavales para que practiquen, darles clases o leer algún libro o cuento.
Así que allí que fuimos, en calidad de tertulianos y durante algo más de una hora charlamos con varios chicos y una chica que nos enseñaron algo más de las costumbres  y la forma de ser laosiana.

Sin más, aquí van unas fotos. En la próxima entrada os hablaremos de los alrededores de la ciudad y un par de excursiones a unas cuevas y a las cascadas más chulas en las que hemos.
Sentimos la tardanza, a ver si vamos publicando más a menudo que aquí (Vietnam) parece que hay mejor wifi.

Por tierra y mar

Llevamos muchos posts hablando de dónde estamos sin apenas comentar cómo hemos llegado. De cómo se llega a dónde. Y es que todo es muy bonito pero entre medias está el caminito. 

Motorizados en las distancias cortas, ya llevamos once scooters diferentes, y las que quedan. Porque no hay nada como la libertad que generan, porque vas a tu ritmo y porque ya llevamos muchas cuestas acumuladas en nuestras piernas. Cuando no hubo moto, ni taxis ni fuerza en las piernas, se tiró del autostop, y funcionó.

El bus es otro tema; grandes, medianos,  pequeños, aún más pequeños, de dos pisos... en ésto somos ya unos expertos. El récord, 16 horas por la carretera Trans-Sumatra, de noche y con un chófer poco menos que suicida. Ya todo lo que sea menor de 10 horas ni nos molesta. Minibuses habrán sido unos 20, muy distintos entre ellos: nuevos, viejos, aún más viejos, tuneados y supertuneados con musicón incorporado. Y es que nadie dijo que debía ser aburrido el transporte más barato.

Del tren mejor ni hablamos, que aún tengo muy recientes las 24 horas de Chiang Mai (en dos trenes, que van lentos pero tampoco tanto). Era como un coche-cama pero sentados y sin camas (lo que tiene comprar los billetes a última hora en la festividad budista más importante del país). Otra vez como estacas y evitando levantarnos ni para mear por si a alguna maruja autóctona le daba por plantar el culo en nuestro escaso pero merecido habitáculo aprovechando un descuido. Yo no acuso sin fundamento, ¡las ví hacerlo!
Pero ¿y lo bien que lo pasamos? Al final te haces amigo de todos los de al lado y, al finalizar, es compartida la ilusión por haber llegado.

Faltaban los barquitos, y ya hemos tenido de eso. Tenido y retenido hasta decir basta, ya de agua, de meneos, resbalones y dedos hechos trizas por culpa de un cabo, clavo o madera a mala leche fuera de sitio y camuflado. Sé de lo que hablo. 
Nunca olvidaremos lo divertido que es pasarte el día con la sensación de meneo aun llevando ya horas en tierra firme Y para rematar, no hay nada como que en tu último trayecto hacia el Continente se rompa el motor del barco y tu nave se arrastre varios metros a la deriva hasta encallar en unos maderos del puerto. 
Pero eso es lo que tiene ser marineros: la sal, el viento, el avanzar por medio de estos océanos inmensos, y ver como ese punto del horizonte va creciendo y creciendo; convirtiéndose en acantilados, playas, árboles, casas y puertos, dejándonos una imagen única para el recuerdo. 

También nos tocó volar, hasta tres veces más. No es algo que vaya a superar de tanto hacerlo pero se hace y ya está, al menos los aviones son cómodos (si te tienes que estrellar que sea en un buen asiento). Lo importante es tener siempre la opción de alcanzar el siguiente destino.

Si es que al final da igual si es en avión, tren, barco, lancha, moto, coche, bici, obyek (mototaxi), tuk tuk, bus o minivan. Lo importante es tomarte un segundo, girar la cabeza y observar, seguramente, lo que no verás nunca más. Y al llegar, no pensar en tus ojos cansados o en tus huesos machacados, sino pensar que en este viaje es tan importante (o más a veces) el camino recorrido como el destino

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Norte de Tailandia. Pai y Chiang Rai

Aparte de Chiang Mai, la cual acapara gran parte de la atención en el Norte de Tailandia, existen otros lugares interesantes en esta región. Y de los numerosos lugares que queríamos conocer, al final nos decantamos por los atractivos enclaves de Pai y Chiang Rai.

Para visitar Pai decidimos la modalidad de excursión de un día en versión motorizada. Unos nada desdeñables 135 km la separan de Chiang Mai, por ello tuvimos que madrugar otra vez. No fue demasiado agradable el viaje por culpa de la eventual lluvia mañanera y, sobre todo, por el pésimo estado de la carretera. Pero creedme cuando digo que el esfuerzo tuvo sobrada recompensa.
Pai se convirtió hace años en el destino principal de los hippies que andaban porel Sudeste por aquella época. Un lugar donde el colorido y el buen rollo se instalaron para no marcharse jamás. Y hoy, aunque ya más conocido y explotado, sigue conservando partede su esencia.
Las razones por las que este pueblo fue el elegido son su clima y su entorno: su clima porque, al ser zona montañosa y estar al Norte del país, la temperaturas son perfectas para estar siempre andando por ahí a gusto con la camisetilla de tirantes esa tan hippie que se suele llevar; pero sobre todo destaca por su entorno, sus tierras se enclavan en un páramo rodeado de montañas donde las vistas son idílicas, y las praderas, los ríos (sobre todo el río Pai), cascadas y cañones quedan al alcance de cualquiera en un paseito mañanero.

Para nosotros, que teníamos poco tiempo, eran esenciales tres lugares además de Pai: el Puente conmemorativo de la II Guerra Mundial, el Cañón de Pai y la cascada de Pam Bok. La suerte fue que nos cogían de camino, además por ese orden. Unos cuantos kilómetros antes de llegar al valle la carretera mejoró, y ésto nos favoreció a la hora de poder mirar las impresionantes vistas que se divisaban a anbos lados de la carretera. La inmensa pradera verde multicolor nos obligó a parar un par de veces.
Y, al final, llegó nuestra primera parada: el "famoso" puente de la II Guerra Mundial. En sí es un puente de hierro y madera que cruza el río al lado del puente nuevo de la carretera, pero lo tienen muy "maqueado" con diversos puntos para tomar fotos graciosas (hasta había un soldado de la Guerra y un Jack Sparrow de carne y hueso dando vueltas por ahí y haciéndose fotos con la peña).
La siguiente parada fue el (Gran) Cañón de Pai, una réplica en pequeñito del famoso Cañón del Colorado, pero suficiente para hacer una ruta divertida y unas cuantas fotos muy chulas entre sus barrancos.
El lugar nos estaba gustando mucho, más aun cuando llegamos a la cascada de Pam Bok, y es que los alrededores de Pai son para ir cada fin de semana y no cansarte.
Por fin llegamos a Pai justo para almorzar en un pintoresco restaurante. Y tras la comida tuvimos tiempo para pasear por sus calles llenas de colorido; sus numerosos locales te dan una idea de por qué es un destino que atrae a tantos visitantes. Por último,  un paseo por la ribera y los puentes del río Pai. A Marina le dejó enamorada su aire bohemio y nos hemos prometido volver para pasar más tiempo disfrutando de este maravilloso pueblo entre montañas.

Al día siguiente dejábamos Chiang Mai para dirigirnos a la frontera con Laos y, como ya habíamos decidido anteriormente, nos guardamos un día para conocer Chiang Rai.
Chiang Rai no es una ciudad que tuviera nada especial más allá de ser un buen campamento base para viajar al Triángulo de Oro o a visitar las tribus de las montañas. Fue así mucho tiempo hasta que un pintor y escultor tailandés llamado Chalermchai Kositpipat la eligió para ser sede de su museo y, sobre todo, para construir su obra maestra: el Templo de Wat Rong Khun (o Templo Blanco), un templo de arquitectura vanguardista que merece mucho la pena y que nos sorprendió muy gratamente. Tras el éxito de este edificio la cuidad de Chiang Rai dio carta blanca al artista para seguir creando, llegando éste a convertirse en el Gaudí (salvando las distancias) de la ciudad de Chiang Rai. Aparte de ésto, poco más. Aunque nuestra última noche en Tailandia resultó bastante amena gracias a su mercado nocturno, el cual posee un foodcourt con puestos de comida muy especiales, sobre todo si eres amante de los gusanos, cigarras y grillos fritos.

Pues nada más, dejamos unas fotitos y os mandamos un saludo desde Laos.